Miedo a la muerte

De una charla de Harvey Jackins, en Washington, D.C. E.U., Septiembre, 1978

El miedo a la muerte aparentemente ha sido instalado en todos nosotros—accidental, sistemáticamente, en toda clase de formas. En un sentido, parece estar por debajo de todo lo demás.

Hemos sido condicionados a respetar este miedo: “Dios mío, tienes que salvarte a ti mismo!" o “Soy valiente hasta cierto punto, pero no soy un tonto”, y demás. Todos lo aceptamos. El miedo a la muerte no es lo mismo que la muerte, ¿o si lo es?. No, no es lo mismo que la muerte.

Tal vez podamos avanzar hacia ello—tomando otro miedo, el miedo a lastimar a la gente. Tendemos a tratar esto con gran respeto, como una característica humana. “Ella tiene miedo de lastimar a las personas—que noble”. Pero el miedo a lastimar a la gente es tan solo miedo a lastimar a la gente. Solo miedo. No se merece mas respeto que otro pedazo de miedo—el miedo a las cáscaras de naranja podridas, o cosas así. Es tan solo miedo.

Podemos confiar en nuestra humanidad para no lastimar a la gente. No tenemos que temer el lastimar a la gente para mantener a nuestra “monstruosa naturaleza” sin desbordarse. El miedo a lastimar a la gente es tan solo miedo y debemos desafiarlo. Yo le doy a una persona un cuchillo o aguja y le digo, “Aquí está, clávalo en mi. Mira que tanto puedes lastimarme”. Lo que surge es miedo. Nada sagrado, nada santo, nada digno de alabanza—tan solo miedo. Estoy mas a salvo de no ser lastimado, después de que se hayan desecho del miedo a lastimarme que cuando lo tenían, porque ellos están menos propensos a pasar un camión encima de mi sin pensarlo, al hacer un esfuerzo por no abofetearme. (el grupo ríe)

El miedo a la muerte es tan solo un miedo. Eso es todo lo que es. Está bastante separado de la muerte en si misma. Sin embargo, sin desahogo, parecería ser la misma cosa cuando llegamos a enfrentarla.

Es difícil encontrar ejemplos de la aceptación del miedo a la muerte, pero hay unos pocos. Está el de Steven Vincent Binet en su poema “John Brown’s Body”. Este es un poema tan largo como un libro acerca de John Brown, quien trató de derrocar a la esclavitud antes de haber movilizado las suficientes fuerzas. Sus soldados eran principalmente, sus hijos mayores. El no entendía que la opresión estaba tan profundamente internalizada en los esclavos, que impediría que asistieran a apoyarlo rápidamente. El llama a sus hijos a su alrededor y rezan pidiendo el apoyo de Dios en su misión. Entonces les dice a sus hijos, “Vamos. Si vivimos, liberamos a los esclavos, y si morimos, morimos”. Esto esta relacionado al tema del que estoy hablando—descartar a este miedo.

He utilizado una historia de Kipling. Es la historia de un regimiento británico luchando en Afganistán en una misión de la Reina. Como todas las historias de Kipling, está llena de imperialismo, racismo y sexismo, pero hay también un contenido que no quisiéramos desechar.

Este regimiento había basado su efectividad en el orgullo del regimiento. Cada hombre ahí sabía que podía depender de los otros, de tal forma que ninguno de ellos cayera, que nadie iba a caer en cobardía y dejar abierto el flanco de otro para ser destruido, que todo ellos tenían las mejores oportunidades de sobrevivir en la batalla, porque iban a permanecer juntos a través de su orgullo y camaradería. En la historia, Kipling, hace que sea fácil que se erosione el orgullo del regimiento en varias formas. Ahí están las condiciones previas para los problemas.

Agregados al regimiento, estaban dos pequeños niños tamborileros, huérfanos recogidos de las calles de Londres que fueron arreglados con uniformes pequeños y enseñados a tocar el tambor. Ellos tocaban los tambores junto con los tamborileros regulares. En las batallas, se usa a los tambores como señales en medio del estruendo de la batalla, para atacar, retroceder, rodear a la izquierda y así.

Estos pequeños tamborileros son rudos. Crecieron en los tugurios. Hablaban su propio argot londinense de ese tiempo, pero eran verdaderamente parte del regimiento. El regimiento era de ellos, y su orgullo era el suyo mismo, Kipling hace que te familiarices con los pequeños niños y mires su dedicación y fortaleza.

Entonces el regimiento entra en combate desde un reducto rocoso hacia una ciénega en una planicie en forma de platón, en donde se enfrenta con las tribus afganas que eran luchadores extremadImente valerosos y que atacaban al regimiento con todo lo que tenían. Uno de los nuevos reclutas entró en pánico, arrojó su arma y corrió. El oficial saca su pistola y trata de dispararle, pero falla y el siguiente recluta entra en pánico. Finalmente, aun aquellos que deberían haber sabido lo suficiente como para sostener la pelea, se vuelven en caravana y cobardemente huyen hacia arriba, detrás de las rocas. El orgullo del regimiento se hace papilla. Detrás de las rocas no se miran entre si. Están maldiciendo con la vista baja. Están avergonzados y se odian a si mismos.

Abajo en la planicie, sin embargo, los dos pequeños tamborileros han sido separados del regimiento. Están detrás de un arbusto. Kipling hace que se consulten entre si. Entienden muy bien que es lo que ha pasado y discuten que es lo que van a hacer. Si se quedan ahí, serán capturados y torturados. Podrían tratar de escabullirse de regreso a la colina con el resto del regimiento, y discutieron eso en su argot londinense. No, no desean reunirse con ese regimiento. No quieren ser parte de el. Así que se miran uno al otro, intercambian una breves palabras, llegan a un entendimiento, recogen sus tambores, juntos en formación de ataque, marchan fuera del refugio del arbusto, tocan el redoble de ataque y encabezan el ataque a las líneas enemigas ellos solos. (comienza el llanto)

No estoy muy seguro de cómo termina la historia, pero ese es el punto crucial: Al demonio con el peligro, Yo no voy a vivir de esa manera.

Para clarificar aquí a las personas que están confundidas —por supuesto que no estoy recomendando la muerte. Estoy en completa oposición con la muerte. Yo creo que he estado cerca de la muerte alrededor de diez veces en sesenta y dos años. La amenaza generalmente no duraba mucho; bastante tiempo ha pasado sin ninguna amenaza real de muerte, pero con el miedo a la muerte siempre omnipresente. Mi experiencia es que aquello que paraliza a las personas es el miedo a la muerte, no la real amenaza de muerte. Con el miedo a la muerte a cuestas, las personas se mueven inexpresiva y estúpidamente hacia el peligro. Casi invitan a la muerte en sus esfuerzos por evitarla.

Estoy sugiriendo que lleven sus miedos a la muerte a sus sesiones de co-escucha.

“Fear of Death”, Jackins, Harvey
Present Time No. 125 (Vol. 33 No. 4), p. 45-46
Traducido por Elena de Hoyos Diciembre 2001, México

ESTA TRADUCCIÓN ES UN BORRADOR


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